La Segunda Columna de Hércules
Actualizado: 16 sept
Cuenta la versión romana del mito que, cuando Hércules llegó a lo que hoy en día conocemos como el Estrecho de Gibraltar, se encontró con una cordillera —según la propia narración era el titán Atlas petrificado— que no le permitía avanzar hacia el Jardín de las Hespérides, no quedándole más remedio que cruzar a pie el accidente geográfico para alcanzar su destino. Sin embargo, y haciendo gala de su fuerza sobrehumana, el semidiós partió a Atlas en dos, uniendo así el Mar Mediterráneo y el Océano Atlántico a la vez que surgieron dos montañas que consideramos hoy «las Columnas de Hércules»: el Monte Calpe, nuestro Peñón de Gibraltar; y el Monte Abila, el cual tiene dos pretendientes: el Monte Musa o Jebel Musa, en Marruecos; o el Monte Hacho, en Ceuta.
Huelga decir que no hay acuerdo en la determinación del verdadero Monte Abila —me van a permitir, pues, que me decante por el candidato ceutí y español— al igual que tampoco lo hay en el mito en sí: algunas fuentes hablan de que el accidente geográfico no era el titán Atlas petrificado, sino que su conversión en piedra fue posterior, a la luz del encuentro entre Hércules y el propio Atlas en el Jardín de las Hespérides. Otros, aunque se atribuye al Renacimiento, dicen que cuando el semidiós creó el Estrecho de Gibraltar, escribió allí una advertencia para toda la humanidad: Non Plus Ultra, en castellano, «Nada Más Allá».
Volviendo a las Columnas, hubo un tiempo en el que ambas estuvieron bajo soberanía española, hasta que en el fatídico verano de 1704, los ingleses nos arrebataron una de ellas: el Monte Calpe, mundialmente conocido hoy como el Peñón de Gibraltar, que alberga la última colonia en territorio europeo. Mientras tanto, la columna sita en el Monte Hacho de Ceuta permanece hasta hoy bajo soberanía española, pese a que algunos a los que nuestro Gobierno llama «socios fiables» se afanen en reclamar desde hace décadas que la columna es suya, que les pertenece y que España mantiene «posesiones coloniales» en el norte de África que en realidad, dicen, son de ellos. Nada más lejos de la realidad, claro está, pero nuestros vecinos se han encaramado a la reja y no hay manera de hacerlos bajar.
Desde que España es una democracia, numerosas han sido las ocasiones en encuentros bilaterales con Marruecos en las que nuestro amable vecino, nótese la ironía, ha puesto el tema sobre la mesa: desde un encuentro con Adolfo Suárez y Juan Carlos I en Madrid, allá por 1978, en el que nuestro primer Presidente del Gobierno tuvo que recordarle a Hassan II que España podría bombardear Rabat y Casablanca en 48 horas si Marruecos lanzaba una invasión sorpresa hacia nuestras plazas en África; hasta un Aznar que, tras decirle el mismo monarca que «Marruecos no tenía previsto declararle aún la guerra a España por Ceuta y Melilla», le espetó al Rey de Marruecos que «hacía bien», porque «estaba seguro de que la ganaríamos».
Sin embargo, lo que durante décadas fue un mero intento de poner sobre la mesa un tema que para los anteriores gobiernos españoles no procedía en ningún caso se ha transformado en los últimos cinco años en una guerra híbrida a la que el actual Gobierno no ha sabido dar respuesta o, peor aún, no ha querido responder. La erosión de la segunda Columna de Hércules comenzó en 2021, cuando Marruecos utilizó a más de 10.000 personas —de ellas, al menos 1.500 eran menores de edad— para lanzarlos contra la frontera de Ceuta como respuesta a la hospitalización en territorio español de Brahim Gali, líder del Frente Polisario. Fue durante el desarrollo de aquella crisis cuando Marruecos, según indican todas las pistas, infectó el teléfono móvil del Presidente del Gobierno —quien se apresuró tanto a viajar a Ceuta que no le dio tiempo al CNI de prepararse bien—, extrayéndole 2,57 GB de información. Sánchez, por cierto, no sería el único al que le infectarían su dispositivo móvil.
Aquella crisis se resolvió con un cheque en blanco a Marruecos: el respaldo a la propuesta marroquí de autonomía del Sáhara Occidental en una misiva enviada a Mohammed VI por el Presidente del Gobierno, sin consultar a nadie, devolvió las aguas a su cauce. Pero el problema de los regalos es que de hacérselos a alguien a quien no le importas mucho, probablemente no encuentres reciprocidad cuando llegue la hora de que te los hagan a ti. Y Marruecos es esa persona a la que nuestro Gobierno tiene en alta estima —váyanse ustedes a saber los motivos de tamaña complacencia— pero que nos guarda aún mucho rencor. Y de aquellos polvos, estos lodos que hoy tenemos.
Desde aquel cambio de posición del Presidente, las relaciones hispano-marroquíes no habían sufrido ningún sobresalto, más allá de alguna declaración en la que Marruecos afirmaba que Ceuta y Melilla eran suyas, estando marcadas por muchos acuerdos, visitas y halagos. Sin embargo, nunca hay que olvidar que cuando el río suena, agua lleva, y que cuando Marruecos hablaba de Ceuta y Melilla, lo hacía para introducir ese mantra suyo basado en falsedades. En Julio de este año llegó la famosa sentencia del Tribunal Supremo que establece que las devoluciones en caliente no son aplicables si hay una intercepción por mar, y las entradas ilegales por esta vía empezaron a subir como la espuma —debe de ser que hay mucho aficionado a la jurisprudencia del Supremo en Marruecos—, a la vez que evidenciaban la existencia de un punto débil en la frontera, que para más inri, es el mismo punto débil que usaron en 2021. Fue entonces cuando el río empezó a sonar, y aunque algunos avisaron que llevaba agua, los que mandan decidieron mirar hacia las vacaciones que se avecinaban.
Así llegamos al 30 de julio. En otro intento de derribar la Segunda Columna de Hércules, Marruecos volvía a utilizar a sus ciudadanos, esta vez 80.000, para dejar caer lo que vienen defendiendo años: que Ceuta, además de Melilla y nuestras Plazas de Soberanía, son territorios coloniales españoles que les pertenecen. El reguero de gente en esta invasión no cesó hasta que Marruecos quiso, y España se quedó a verlas venir, con un Gobierno que ha dado más giros en el argumentario que una veleta salvo en un aspecto crucial: en subrayar que, para ellos, Marruecos es un socio fiable con el que ha habido una cooperación estrecha y leal. Pero de haber existido dicha cooperación, y tal y como se hizo gala el pasado 15 de agosto, no hubieran invadido Ceuta 80.000 procedentes de Marruecos, por lo que se me hace necesario decir que estrecha y leal, lo que se dice estrecha y leal, no era.
Podría hablar largo y tendido sobre la gestión de la crisis, la cual se puede resumir en una palabra: nefasta, pero hay un tema superior a ella que no se está discutiendo lo suficiente: la defensa de la españolidad de Ceuta, al igual que la de Melilla, la de las Plazas de Soberanía, la de las Islas Canarias y las de nuestras aguas en el archipiélago. Las Columnas de Hércules se erigieron, según algunos, para avisar de la llegada a los límites del mundo conocido, pero hoy una de ellas simboliza la soberanía española en África. Y para que una columna desaparezca, no es imprescindible derribarla, sino que a veces solo basta con tener paciencia y saber erosionarla poquito a poco, cual gota de agua cayendo sobre una piedra en una cueva. Marruecos no solo sabe esto, sino que también juega a ello, y lo seguirá haciendo si España y sus gobernantes no pierden el miedo a llamar a las cosas por su nombre y a tomar medidas que vayan destinadas a contrarrestar las estrategias híbridas de Marruecos, que no será por falta de recursos para tomar el timón de este barco a la deriva.
Ahora bien, hay que dejar algo muy claro: la españolidad de Ceuta y demás plazas en África no se debe defender desde el pasado. Está muy bien reivindicar que Ceuta entró en el universo ibérico en 1415 y que en 1640 eligieron a España sobre Portugal, que los tratados que hemos firmado aparecen mencionadas Ceuta y Melilla como españolas y demás efemérides históricas, pero no es la forma más adecuada. La españolidad de la segunda Columna de Hércules y del resto de nuestras plazas se debe defender desde el presente, dejando claro que sus ciudadanos son tan españoles como el resto, que tienen los mismos derechos que cualquier otro español, que no están subyugados a ninguna ocupación de ningún tipo y defendiendo el territorio palmo a palmo, haciendo valer nuestra soberanía, dejando muy claro que no se dudaría en usar todos los recursos disponibles para protegerlas si alguien se atreviese a atacarlas.
Nuestra segunda Columna de Hércules, tan nuestra como la primera, vive una situación en la que todos debemos estar unidos y decir al unísono que es tan española como Málaga, Madrid o Pamplona, de la misma manera que el resto de plazas en África. De igual forma, nuestros gobernantes deben plantarse y ponerse firmes ante Marruecos, por mucho que estemos condenados a entendernos con ellos en ciertas maneras. Y cuando lo hagan, si es que alguna vez lo hacen, tenemos que empezar a asumir que la cosa en nuestras ciudades autónomas no va a parecerse en absoluto a un idílico paraíso, sino más bien a un infierno repleto de sacrificios que todos debemos estar dispuestos a hacer. Y no hablo de guerras. Solo así se defienden Ceuta, Melilla, Canarias, las Plazas de Soberanía y nuestras aguas. Solo así se protege nuestra otra Columna de Hércules.




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