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Ay… ¡¿quién maneja nuestra barca?!

Hemos cambiado la seriedad y la templanza del debate público por la fanfarronería y la incultura. Ya no hay Landelino Lavilla, Fernández-Miranda, Guerra, Hernández Mancha o Tamames. Hoy tenemos Díaz, Sánchez, Buxadé, Puente (Óscar) o García Egea… y lo que esté por venir.


Cantaba Remedios Amaya en aquel lejano Eurovisión de 1983 aquella célebre canción que, no por conocida; evitó quedar última en la votación. Cabría preguntarse si, en aquella noche bajo el cielo de Múnich; no estaría haciendo la cantante sevillana una suerte de profecía sobre los años que habrían de venir a nuestra piel de toro.


Y es que tal vez esta pregunta sea más necesaria que nunca, porque al igual que la barca de la canción, cualquiera diría que a la deriva va esta España nuestra. Nos gobierna una suerte de coalición multicolor que pareciera dirigirse a una sociedad cada día más polarizada e infantil; liderada por un hombre con tan pocos escrúpulos como compromiso con la palabra dada y una mujer que, quizás por ir de profeta en su tierra, cada vez que se presenta en ella, su partido se queda en un irrisorio resultado electoral.


¡Quién iba a decirle eso a la España de Remedios Amaya! Mucho se ha avanzado, socia y

mentalmente desde entonces. Nos integramos en Europa y adoptamos la misma moneda bajo el paraguas de la Unión; que tanta falta nos ha hecho en su momento y, por ahora, tanto nos sigue haciendo. Pero… ¿a costa de qué se ha producido ese cambio, ese giro copernicano de la vida política española? Hoy no podría cantarse aquel “sufre mamón” de los Hombres G, ni Chiquito de la Calzada o Martes y Trece hubieran alcanzado la fama que los consagró como iconos indisociables de la década de 1980. También hemos cambiado la seriedad y la templanza del debate público por la fanfarronería y la incultura. Ya no hay Landelino Lavilla, Fernández-Miranda, Guerra, Hernández Mancha o Tamames. Hoy tenemos Díaz, Sánchez, Buxadé, Puente (Óscar) o García Egea… y lo que esté por venir.


El tiempo que se dedica a hablar de las amnistías por puro interés político, y que ni siquiera tengo claro que se traduzca en beneficio electoral; a discutir sobre la “responsabilidad política” de Ábalos, Torres o Armengol en vez de afrontar al germen de todo no es sino una oportunidad tirada a la basura. Y es que la jefatura política no es sino la transcripción más fidedigna de una sociedad; y, cuando esta se resigna a políticos sin oficio ni beneficio, cuya única ambición personal es la de medrar viviendo sine die a costa del contribuyente; nuestro presente es la única salida posible. Mucho habría de cambiar la política. Es decir, mucho habría de cambiar la sociedad.


Pero no vale aquello de “muerto el perro, muerta la rabia”. España necesita de reformas de manera urgente. Reformas de calado y que permitan transformar su sociedad, su política, su economía y su administración. Reformas que separen los poderes del Estado de una manera absoluta, definitiva e irrevocable; reformas que introduzcan como una prioridad nacional la investigación y desarrollo tecnológico, la conexión de todo el territorio y la recuperación de la población de la España llamada “vaciada”. Montesquieu, y me deberá perdonar Alfonso Guerra, quien tantas veces ha negado haber afirmado esto, no puede seguir muerto.


Somos un país curioso. Nos encanta cuando nos vamos al exterior, pero lo denostamos cuando estamos dentro de él. Somos inconformistas, y cualquier excusa es buena para proponer soluciones a las dos de la mañana en un bar con amigos a problemas que ni siquiera entendemos del todo. Quizás a veces parezca que la barca que es España, como aquella con la que comenzaba, nos lleve a la deriva, pero no hay nada que una sociedad decidida a encauzar las cosas no pueda solucionar con el tiempo si esta se mantiene firme en los ideales que fundamentan su cabeza y corazón. Es tiempo de, como decía Reagan, tear down this wall; y afrontar el futuro con esperanza; la esperanza de una sociedad unida que haya podido dejar atrás los claroscuros de su pasado y perdonarse a sí misma, sin rencores. Mirando, como decía Tamames, al futuro sin ira.

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