El partido más grande de España
- Nicolás Sánchez Cominero

- 7 feb
- 7 Min. de lectura

El político, en una sociedad verdaderamente libre, debería limitarse a gestionar aquellos asuntos que son genuinamente comunes y que surgen de la cooperación y los acuerdos voluntarios. Sin embargo, hoy casi toda decisión política es forzosamente pública, pues afecta directa o indirectamente a todos, incluso a quienes no han participado de dicha política ni han consentido someterse a ella. El voto no se limita a decidir cómo se organizan unos pocos asuntos compartidos, sino que más bien sirve para imponer un determinado modo de vida al conjunto de la sociedad
Este 2026, como ocurre de forma cíclica en España, vuelven algunas elecciones. No sé exactamente cuándo son, ni donde, ni siquiera me importa demasiado, por no decir que me da exactamente igual. No he votado nunca, ni tengo previsión de hacerlo en el futuro. Si tú tampoco votas, este artículo es para ti, pues a partir de ahora podrás enviárselo a todos los que te azotan a preguntas sin fin cada vez que lo comentas, y así te ahorras explicarlo una y otra vez. Si tú sí votas, este artículo también es para ti, porque quizás a partir de ahora te plantees una nueva perspectiva a la que acogerte.
Utilidad
No voto, en primer lugar, porque mi voto no sirve para nada. O, dicho con más precisión, la probabilidad de que mi voto individual sea decisivo en unas elecciones es tan baja que resulta coherente no votar. Un voto solo importa si cambia el resultado de una elección, y la probabilidad de que eso ocurra es bajísima.
Pero incluso en el escenario, ya de por sí extremadamente improbable, en el que mi voto fuese decisivo, el efecto real seguiría siendo mínimo. Que un partido obtenga un escaño más, rara vez altera de forma sustancial el rumbo político. En la mayoría de los casos no cambia ni el gobierno, ni las mayorías, ni las políticas relevantes. El impacto práctico es despreciable. Es cierto que aunque un solo voto no cuenta, el agregado de votos sí cuentan, pero eso es irrelevante porque yo no controlo muchos votos, controlo uno. Y lo que es cierto del conjunto (el agregado sí cuenta) no lo es de cada una de sus partes (un voto individual no cambia el agregado).
Coste del voto
Además de la insignificancia, el voto tiene un gran coste, pues conocer adecuadamente los partidos, las listas y los programas exige tiempo, atención, esfuerzo intelectual y una dedicación que no todo el mundo quiere ni tiene por qué asumir. Informarse tiene un coste de oportunidad que consiste en dejar de hacer otras cosas probablemente más valiosas. Quizás alguien, especialmente si le gusta la novela de ciencia ficción, decida ponerse a leer los programas electorales de los partidos que se presentan, pero yo prefiero no asumir ese coste para meter una papeleta en un sobre que no va a cambiar nada del resultado final, y por tanto, de lo que pasará con las normas que afecten a mi vida.
El voto racional es caro en términos de tiempo, pero es cierto que informarse mínimamente para emitir un voto irracional puede ser barato. Basta con poner las noticias mientras se cena para tener una idea general de lo que ocurre. El problema es que el nivel de conocimiento que se obtiene así también es muy bajo, y no lo suficientemente razonado como para emitir un voto que realmente convenga a tus intereses, pues muchas personas votan contra lo que les conviene sin siquiera saberlo, precisamente por esta falta de información.
La acción política
Además, en el caso en que uno se informe adecuadamente para emitir un voto racional, resulta casi insultante que después de ver todas las emisiones en televisión, los debates y leer los programas, el partido al que votas acabe haciendo exactamente lo que le da la gana, y por supuesto, cosas totalmente distintas a las originalmente prometidas. Los programas electorales no tienen ningún valor porque dicen en cada momento lo que electoralmente les conviene decir. El gobierno va a actuar exactamente igual con independencia de mi aprobación o de la de sus electores.
Responsabilidad
Por tanto, me resulta gracioso escuchar que votar es una responsabilidad, cuando desde mi punto de vista es justo lo contrario. Para empezar, no todo el mundo tiene por qué meterse en aquello que no maneja, ni dedicar tiempo y energía a cuestiones que, en la práctica, están muy alejadas de su vida real. Y si alguien decide no perder el tiempo en esto, es totalmente legítimo. Vivir la propia vida implica, entre otras cosas, no pretender dirigir la de los demás, y los programas políticos, en el fondo, son eso, catálogos más o menos detallados de cómo intervenir en la vida ajena.
Además de las personas que sencillamente pasan del tema, votar sin haber hecho el debido acto de informarse (aún a sabiendas del gran coste que supone), es una irresponsabilidad tremenda. Ya sin contar, que ver a adultos haciendo cola, emocionados, para elegir qué otro adulto va a mandar sobre sus vidas, me hace pensar que quienes sienten una necesidad tan intensa de líderes quizá no estén en la mejor posición para elegirlos.
El partido más grande de España
Yo no voto, y como yo, alrededor de un 30% de los españoles tampoco lo hace. La abstención cuenta con el grupo de ciudadanos más numeroso del país. El “partido abstencionista” es, de facto, el partido más grande de España. Simplemente no tiene siglas ni líderes. Ojalá todo el mundo pensase como yo, pues con un 80% de abstencionistas, lograríamos una sociedad agorista gracias a la contraeconomía, donde no querríamos un poder político público. La coordinación sería pacífica y no necesitaríamos mecanismos para imponer decisiones colectivas por la fuerza. El problema es que no todo el mundo piensa así. Hay quien cree que la mejor forma de organizar la sociedad es a través de instituciones con monopolio de la violencia, estructuras que además tienden a atraer a las peores personas a las instituciones —los políticos— y a operar con problemas sistemáticos de información. La abstención es una forma consciente de no legitimar ese modelo.
¿Cómo vivo sin votar?
No voto porque no me interesa lo que hacen los chupópteros del gobierno, y me limito a pagar impuestos, cumplir las normas básicas y evitar problemas innecesarios. No pago impuestos porque considere el sistema legítimo, sino porque no quiero recibir unos azotes del Estado por negarme. Me interesa que me dejen en paz, como a muchos otros (ese porcentaje cercano al 30% de abstencionistas), que probablemente aumente en las próximas elecciones.
Y por cierto, el que no vota tiene el mismo derecho a quejarse de las instituciones que el que lo hace, si no más. Votar es aceptar el juego, legitimar el sistema y participar en él. Es convertirte, al menos en parte, en cómplice. Si te obligan a escoger qué mafia te va a robar y decides no participar, no eres responsable del robo. Si votas, lo eres en mayor medida. Yo no quiero legitimar ningún robo, venga del color que venga.
¿Cómo cambiar las cosas?
No votar no significa no hacer nada, simplemente significa no votar. Cambiar las cosas no pasa necesariamente por meter una papeleta cada cuatro años. Pasa por escribir, hablar, discutir, dar charlas, conceder entrevistas, divulgar ideas y confrontar el discurso dominante. Todo eso tiene un impacto real, mucho mayor, que un voto individual perdido en una urna. Al poder político le duele más que se cuestionen sus fundamentos que una participación que lo legitima, aunque sea votando al contrario.
Los avances más importantes de la libertad no han venido de votaciones ajustadas, sino de cambios culturales profundos. En el siglo XIX la censura de los periódicos era lo normal, y sin embargo, hoy ningún partido puede llevar abiertamente en su programa “vamos a censurar a los medios que no nos gusten”. Si eso es así es porque las ideas liberales ganaron esa batalla cultural, y se hizo fuera de las urnas.
Libertarios en política
Que no vote, y que no tenga previsión de hacerlo, no significa que los libertarios no podamos aprovecharnos del escaparate del sistema de partidos. Si alguien tiene vocación de empresario, de profesor o de político, no hay nada intrínsecamente inmoral en ello. El político sólo debería ser un gestor de asuntos comunes en una sociedad voluntaria, y aunque hoy es un gestor de asuntos comunes en una sociedad coactiva, se puede sacar provecho de su posición para avanzar hacia una potencial sociedad voluntaria. Gracias a que algunas ideas liberales han llegado, aunque sea de forma imperfecta, a la esfera política, hoy no son un fenómeno de nicho absoluto. Muchos de los que hoy leen, escriben o defienden estas ideas nunca las habrían conocido sin esa exposición pública. Este es el único motivo por el que, a pesar de que un libertario no debería apoyar el sistema de partidos emitiendo su voto, la existencia de libertarios en política es positiva.
Cuando un político liberal habla en público, persuade y convence a la gente. Cada intervención abre la puerta a nuevas personas que empiezan a cuestionar lo que antes daban por sentado. Es probable que los grandes cambios sociales no los dé un político liberal democráticamente elegido; pero es un gran escaparate para despertar a una población que sí tiene poder de empezar los cambios. Quizás es mucho más relevante para la libertad una actuación civil contraeconómica en protesta por la esclavitud impositiva, que una reducción de impuestos desde el despecho de Javier Milei; pero para que la actuación contraeconómica se dé, probablemente la gente haya necesitado escuchar el discurso de Javier Milei.
Todo esto no implica defender cualquier participación política. Los políticos genuinamente liberales son extraordinariamente escasos. Tan escasos que pueden contarse con los dedos, quizá con los de una sola mano, y quizás con un solo dedo, pues Javier Milei representa una anomalía histórica. Es, hasta donde alcanza la experiencia contemporánea, el único presidente claramente liberal-libertario que ha llegado al poder, y su labor expandiendo las ideas de la libertad es inmensa. Javier Milei y cualquier otro libertario que trate de expandir las ideas de la libertad y dar la batalla cultural por la vía política, merece, como mínimo, el respeto de todos los colegas, pues está dando su vida para enseñar al resto qué es la libertad.



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