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Nota: todos los socios de Voces Libres España tienen el derecho de publicar artículos en el blog, estos reflejan las opiniones personales del autor y no son un posicionamiento oficial de la asociación.

Por qué he dejado Twitter y el futuro de la política Española

Quien me conoce sabe que siempre he sido de los que sentían la necesidad de comentar la última hora política en Twitter —inolvidables aquellos años filosofando sobre las cenizas de Ciudadanos—. Sin embargo, quien haya entrado en mi cuenta en los últimos meses se habrá encontrado con un perfil prácticamente muerto, con algún repost de Voces Libres como mucho. Soy consciente del escaso interés que puede tener mi actividad —o ausencia de ella— en redes sociales, pero si a alguien le entrase la curiosidad, podría hacerse una pregunta: ¿por qué tomé la decisión de dejar una red social en la que estaba día y noche?


La respuesta es bastante sencilla: Twitter me aburre. No exactamente la red social, sino los temas de los que se habla en ella, el puro reflejo de la actualidad política española. Hoy, entrar en las principales cuentas que hablan de política es sinónimo de soportar discusiones vacías sobre cuánto tiempo podrá Sánchez mantener su gobierno con respiración artificial, cuán inútil es capaz de ser la oposición —o qué partido lo es más dentro de ella— o, en todo caso, las bombas de humo cocinadas en Moncloa para desviar la atención de sus casos de corrupción (sea Gaza, Franco o el horario de invierno).


Estoy seguro de que todas esas discusiones serán muy interesantes para… ¿alguien? Lo cierto es que a mí me aburren, por predecibles e improductivas. Sánchez se quedará hasta 2027, al no existir mecanismo alguno que le obligue a lo contrario. La fecha de las elecciones será la que le venga mejor para reducir las posibilidades de un motín en Ferraz. La oposición es consciente de que no puede hacer mucho más que repetir «corrupción» y «dimisión» hasta entonces, así que ahora pasa el rato dándose de palos entre sí. Y lo más relevante es que nada de esto importa, porque el escenario político actual no es más que una situación transitoria, nacida entre los últimos coletazos del 15M y lo que aún está por nacer. Dentro de unos años escucharemos los temas de los que hablamos hoy y tendremos la sensación de que estábamos perdiendo el tiempo.


En 2014 la generación millennial se estrenó políticamente. A raíz de una crisis económica, puso sobre la mesa una serie de temas que fracturaron el debate público: bipartidismo, corrupción, desahucios, austeridad, precariedad… La consecuencia fue la aparición de un nuevo eje político en torno al cual se popularizaron las etiquetas de «vieja política» y «nueva política», de donde surgieron Podemos y Ciudadanos.


Una década después, empezamos a ver algunos elementos que riman con aquel momento. Una generación Z sociológicamente muy distinta ha dejado de sentirse representada por el panorama político, mientras una serie de cuestiones decisivas —pensiones, inmigración, vivienda, fiscalidad, servicios públicos, mercado laboral— generan divisiones cada vez más profundas y previsiblemente ganarán peso en los próximos años. De ese debate están emergiendo dos realidades sociales muy diferenciadas.


Por un lado, una generación joven —y buena parte de la adulta— que ve imposible acceder a una vivienda, encadena trabajos precarios con sueldos insuficientes y percibe que su esfuerzo se diluye en un sistema que premia la antigüedad y el conformismo más que el mérito, y a los que viven del Estado más que a los que aportan. Una generación sin raíces, descreída de los grandes relatos, con escasa confianza en los partidos, las instituciones o los medios, que busca sentido en comunidades digitales, causas fragmentadas o pequeñas formas de trascendencia personal que sirven para reafirmar su identidad. Un estado psicológico definido entre la hiperconexión y la soledad, entre la ironía, el cinismo y la necesidad de volver a creer en algo.


Por otro lado, las generaciones que consolidaron su vida en el ciclo de prosperidad anterior, con empleo estable, vivienda en propiedad y una red pública que funcionaba como garantía vital. Consideran que su bienestar es fruto del esfuerzo y, por tanto, un derecho legítimo a conservar. Su impulso no es transformar el sistema, sino preservarlo, mantener el orden que les dio estabilidad, incluso si eso implica trasladar la carga del desequilibrio a quienes vienen detrás. Para ellos el panorama cultural imperante también es una conquista generacional, y su principal contacto con la política viene del telediario.


¿Cómo va a influir esta división social en el futuro sistema de partidos? Todavía no lo sabemos. De momento continuamos con la ficción de las sesiones de control del Congreso esperando al 2027. Sin embargo, en el panorama político español ya hay personas que están calentando terreno. Probablemente en los próximos años vivamos un terremoto político que haga tambalear el tablero parlamentario, me atrevo a decir que la caída de Pedro Sánchez y sus posteriores consecuencias. Este terremoto dejará muchos espacios vacíos, y todos los jugadores deberán mover ficha rápido si quieren ocuparlos. Para hacernos una idea de las distintas posibilidades que nos depara el futuro, vamos a analizar el mapa actual.


La izquierda española se enfrenta a un colapso inminente. El PSOE ha apostado todas sus cartas a la continuidad de Pedro Sánchez como presidente: ha atomizado el espacio a su izquierda con el proyecto fallido de Sumar, convertido sus federaciones en solares para aterrizar paracaidistas, y levantado un Kremlin de cientos de asesores en Moncloa para alimentar a sus cuadros. El único argumento que les queda es explotar un miedo a la «ultraderecha» cada vez menos eficaz, hasta que el Gobierno termine cayendo por el peso de su propia corrupción.


Cuando eso suceda, Ferraz vivirá una noche muy desagradable. Miles de mercenarios, sin puerta giratoria ni refugio, buscarán culpables sedientos de sangre. Con un PSOE post-Sánchez convertido en una carcasa vacía sin estructura, ni credibilidad, ni poder, ni dinero, ni principios, sus militantes deberán decidir entre la disolución o una refundación de la magnitud de Suresnes. ¿Viviremos el 150.º y último aniversario del PSOE en 2029? Dicen que «bicho malo nunca muere», pero también que «todos los imperios caen». Podemos estar ante el momento de mayor fragilidad del Partido Socialista Obrero Español en toda su historia activa. No conviene descartar ningún escenario.


Independientemente del futuro del PSOE como organización, en la izquierda ya toman posiciones para el día después de Sánchez. No hace falta caer en rumorología: basta con observar los movimientos de Pablo Iglesias y José Luis Rodríguez Zapatero para advertir que están diseñando un nuevo proyecto político abiertamente republicano, confederal, autoritario y rupturista con el modelo constitucional del 78. Algo así como un Nuevo Frente Popular a la española, con olor a Grupo de Puebla, que busca imitar e integrar a la única izquierda con tendencia al alza en España: la extrema izquierda identitaria.


Los distintos dirigentes de ese espacio están compitiendo por posiciones en el tablero: Gabriel Rufián intentará hacer equilibrios para aglutinar ese bloque sin repetir los errores de Yolanda Díaz; Podemos ya está intentando maximizar su peso utilizando a Irene Montero como rostro temporal hasta el regreso de su marido; EH Bildu y el BNG llegan fuertes, y su modelo podría replicarse en comunidades como Canarias, Baleares, Asturias o Aragón, donde la izquierda «woke» y «cosmopolita» no ha calado y los jóvenes más radicalizados tienden a replegarse hacia fórmulas soberanistas e identitarias. Mientras tanto, dentro del PSOE, algunas figuras han optado por guardar silencio y distancia, esperando el colapso para poder renacer entre los escombros. Quizá, entonces, volvamos a escuchar nombres que hoy parecen olvidados. ¿Volveremos a oír hablar de Adriana Lastra? De cualquier manera, este nuevo espacio político irá a reconstruir una izquierda que intentará captar a muchos jóvenes de las comunidades mencionadas y, en general, a toda la izquierda sociológica.


Por supuesto, dentro de la izquierda existen otros frentes que no comparten la estrategia de radicalización y tratarán de representar espacios que no conviene infravalorar. En el PSOE, el caso paradigmático es el de Emiliano García-Page: un hombre del sistema que ha aceptado su papel de disidencia controlada frente a Pedro Sánchez hasta que llegue su caída. García-Page encarna un PSOE profundamente arraigado en una parte importante del tejido social español, cuyo votante tipo pertenece a una generación mayor —a menudo mujeres— de las Castillas, Andalucía, Murcia o Extremadura. Se definen de izquierdas por su apego a las pensiones, la sanidad, la educación y los «derechos sociales», pero permanecen al margen de las batallas culturales más abstractas del progresismo contemporáneo. Son personas que se sienten muy españolas, incluso tradicionales, y cuya decepción con el partido no nace de abstracciones ideológicas, sino de algo más visceral. Recordemos que son personas que se empezaron a plantear el voto con el escándalo de Ábalos, al que repudian más por putero que por corrupto. Ese espacio político del socialismo clásico siempre necesitará representación. No es descartable que el cisma del PSOE acabe reconvirtiendo al partido en algo muy parecido a eso. Al menos, habrá quien lo intente.


Para finalizar con el lado izquierdo del tablero, cabe mencionar una corriente de la izquierda actualmente minoritaria, pero con potencial de crecimiento en ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia. Esta corriente ha entendido que para gobernar en las ciudades necesitan un proyecto que ofrezca un horizonte de crecimiento y productividad, y que no basta con defender el asistencialismo, las «mareas verdes» o el ecologismo y el feminismo usados como consignas vacías para arrastrar el voto fácil. Hay al menos una persona que está defendiendo esta visión: el desterrado del PSM, Juan Lobato. En Madrid la izquierda ha sido arrasada por Ayuso y Almeida. Ya no es que se haya estancado en la oposición, sino que ha quedado completamente excluida del debate público al carecer de un proyecto para Madrid más allá de caricaturizar a la ciudad como una supuesta selva invivible y decir que se solucionará plantando árboles en Sol. En Barcelona —y en la Cataluña no independentista— Salvador Illa ha sabido consolidar al PSC con un planteamiento con similitudes al de esta izquierda, donde su relato le presentaba (al menos en la estética) como un nuevo estatista que venía a reconciliar Cataluña y abrir una nueva etapa de crecimiento que había sido lastrada por el procés… Veremos cuánto le dura. No sabemos cómo se va a articular esta nueva tendencia de la izquierda, pero está claro que algunos quieren gestar algo así como una tercera vía socialdemócrata reinventada en el Siglo XXI.


Terminado este recorrido exhaustivo por la izquierda, vamos a meternos en terreno pantanoso para los lectores habituales de este blog: la no izquierda (también llamada por algunos «la derecha»).


Empecemos por el Partido Popular. El principal partido de la oposición parte del momento de su historia con mayor poder territorial, y las perspectivas electorales apuntan con bastante seguridad a un futuro gobierno de Alberto Núñez Feijóo en 2027 tras cinco años al frente de una formación que salvó de la debacle tras el desastre al que la llevaron Pablo Casado y Teodoro García Egea. ¿En qué ha convertido Feijóo al PP tras estos años?


Para entender esto hay que recordar que en el Partido Popular siempre han convivido diversas facciones. Originalmente, el partido era una reunión de familias democristianas, conservadoras y liberales, pero tras el proceso de desideologización que ha sufrido gran parte del centro-derecha europeo –representado en España por Mariano Rajoy– estas familias han abandonado su corpus doctrinal para reagruparse en un «ala tibia» (Juanma Moreno & co.) y un «ala dura» (con sede central en el PP de Madrid hoy liderado por Isabel Díaz Ayuso, pero con adeptos en toda España). Cuando Feijóo llegó al liderazgo de su partido, parecía que su papel era el de mantener un equilibrio entre ambas facciones. Sin embargo, parece que este verano algo cambió después del último Congreso del PP, donde se afianzó una estrategia fácilmente atribuible al actual Secretario General, Miguel Tellado. 


Esta estrategia consistiría en rearmar un proyecto político de partido que permita evitar el desgaste en la oposición mientras tratan de contener el crecimiento de Vox. Y la forma de conseguirlo es hablando con más claridad de temas que hasta ahora se les había acusado de evitar, como es el caso de la vivienda o la inmigración. Este cambio se hace evidente si se analizan los cambios en la directiva del Partido Popular, así como a los cuadros intermedios que hace ya más tiempo que forman parte del aparato de Génova y están llamados a tener un recorrido e influencia importantes en los próximos años.


Sin embargo, otra marca de la casa de Feijóo durante su presidencia fue la de descentralizar la estructura orgánica de su partido y reforzar unas baronías con fuerte poder político acrecentado por sus victorias electorales y la conformación de gobiernos, recordando el sustrato histórico en el centro-derecha español al revivir una Confederación Española de Caciques Autónomos de facto, unida en las elecciones generales pero con un funcionamiento y dinámicas muy particulares en cada región. Entre los principales caciques, algunos con grandes ambiciones políticas a futuro temen haber perdido poder sobre su partido tras el último Congreso, y las próximas elecciones autonómicas extremeñas, castellanoleonesas y andaluzas cambiará el equilibrio interno de poder en Génova.


Un momento clave que definirá el futuro del Partido Popular será el Gobierno de Feijóo. Teniendo en cuenta la estrategia de Vox de desgastar a su socio natural para liderar la derecha, lo previsible es que en 2027 Feijóo gobierne durante algunos años condicionado externamente por los de Abascal y que, en caso de mantener buena tendencia en las encuestas, Vox fuerce un adelanto electoral donde intentarán dar un sorpasso al PP al  estilo de lo sucedido en muchos países europeos. En caso de que esto ocurra, el Partido Popular tal y como lo conoce España corre un grave peligro, ya que el que hasta ahora ha sido el mayor aglutinador de voto en el centro-derecha puede entrar en guerra civil y fragmentarse de maneras que aún no podemos imaginar. Por eso, si Feijóo piensa con perspectiva, no puede permitirse hacerlo mal e ignorar las reformas estructurales que necesita España en materia institucional, económica y migratoria. En otras palabras, el Gobierno de Feijóo decidirá si el Partido Popular continúa luchando por su hegemonía en el centro-derecha como una alternativa que responde a los retos actuales o, por otro lado, queda relegado a un partido de voto confiable para pensionistas y funcionarios pero incapaz de convencer a mayorías y nuevos votantes.


Por su lado, Vox está apostando por una síntesis de la estrategia lepenista y trumpista para tener oportunidades de llegar a gobernar España. A nivel interno han establecido una disciplina de hierro, purgado a los disidentes y apostado por una estrategia de utilizar la inmigración como principal bandera, abrazar el nacionalismo económico como respuesta a los problemas generacionales, pregonar un populismo que pone al «bipartidismo» en la diana y aumentar su presencia en espacios online, podcasts y lugares donde llegar a los jóvenes. De momento, parece que a nivel electoral esta estrategia está funcionando, pero no conviene que en Bambú se confíen en exceso. Elección tras elección se ha demostrado que su espacio político es el que tiene un voto más volátil.


Aunque Abascal crea que ha aplacado la amenaza de Alvise Pérez, que en las europeas puso a su partido contra las cuerdas, no conviene subestimar la evolución de ese nicho electoral que ocupó Se Acabó La Fiesta. No podemos descartar que para algunos votantes muy jóvenes que socializan políticamente por comunidades digitales concretas, Vox pase de moda pronto y busquen alternativas que conecten más con ellos, su forma de expresarse, su carácter y su idiosincrasia. También podemos esperar que surjan nuevos liderazgos outsider con relatos más convincentes que el de Vox. De momento, una persona que está ganando una popularidad notable y construyendo un perfil propio muy diferenciado es Vito Quiles, y con una posible inhabilitación de Alvise en el horizonte no podemos descartar un salto inesperado a la arena política.


Mientras tanto, los cambios en el espacio de la derecha también llegan a los partidos nacionalistas. Aliança Catalana crece como la espuma en las encuestas, siendo probablemente el partido identitario más vanguardista del panorama actual. Así, ha apretado los tornillos a Junts para repensar su proyecto político y dejar el transversalismo procesista que definió Puigdemont para cambiarlo por… aún no sabemos qué. Por su parte, el PNV también está desorientado sin saber qué línea seguir entre el crecimiento electoral de EH Bildu y unas bases que reclaman el partido nacionalista de derechas en el que se supone que están. 


Fuera de los partidos que ya conocemos, parece que en la derecha nacional también hay sectores que están intentando influir políticamente desde la sociedad civil democristiana, conservadora y liberal. El caso más reciente es el de Atenea, el think tank fundado por Iván Espinosa de los Monteros con otros grandes pesos políticos, que parece, intentará articular una alternativa –por ahora intelectual y programática– en el espacio liberal-conservador. De la misma forma podemos hablar de España Mejor, la plataforma civil de Miriam González Durántez que habla a un espacio más centrista entre el PP y el PSOE que parece haber captado la atención del mismísimo Renew Europe y de otros colaboradores internacionales necesitados de un socio tras la muerte de Ciudadanos. También podemos hablar de un espacio de activistas, profesores, asociaciones y comunicadores en un espacio del conservadurismo más clásico o de la democracia cristiana muy centrado en cuestiones morales y culturales, este abarca desde el Neos de Jaime Mayor Oreja hasta, me atrevo a decir, una línea de opinión más conservadora presente en plataformas como ViOne Media. ¿Alguno de estos espacios políticos llegará a articularse en algún momento como opción electoral o conseguirá influir sustancialmente en alguno de los dos partidos actuales de la derecha?


En medio de todo esto, parece que empieza a consolidarse en España una sociedad civil liberal con conciencia propia. Poco a poco tenemos más think tanks, asociaciones juveniles, diarios digitales y emprendedores que están encontrando una cierta coordinación en torno a un espacio coherente y con dirección. No sabemos cómo evolucionará el escenario político ni qué oportunidades se abrirán en los próximos años, pero lo fundamental ahora es mantener la claridad de ideas, la inteligencia estratégica y la coherencia. Evitar el ruido, las tentaciones personales y los atajos que, en el último momento, puedan echarlo todo a perder.


En un país donde van a cambiar muchas cosas y todos querrán una parte del pastel, tenemos que mantener la ambición de esa red que ha decidido formarse, pensar, organizarse y actuar de manera distinta. Si algo he aprendido después de mi prematura experiencia en política —y perdiendo el tiempo en Twitter— es que los ciclos se agotan, pero las ideas permanecen. Tal vez este sea el comienzo de uno nuevo.

 
 
 

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