Proteccionismo suicida
- Nicolás Sánchez Cominero

- hace 2 días
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Los aranceles suelen presentarse como un ajuste menor en la compleja maquinaria del comercio internacional para beneficiar al país. Independientemente de su utilidad, imponer aranceles supone asumir que el Estado puede decidir qué intercambios son legítimos, cuáles deben encarecerse artificialmente y quién tiene derecho a comerciar libremente y quién no. El comercio, como la propiedad privada, surge de forma natural para resolver conflictos derivados de la escasez. En un mundo de bienes rivales, donde dos personas no pueden utilizar el mismo recurso al mismo tiempo, aparece la necesidad de establecer quién tiene derecho a usar qué. De ese proceso espontáneo nacen la propiedad, el intercambio voluntario y el mercado. Cada parte entrega aquello que valora menos a cambio de aquello que valora más, y ambas salen beneficiadas sin necesidad de planificación ni coerción.
El comercio internacional no es una excepción a esta lógica. No existe una diferencia esencial entre comprar pan al tendero de la esquina o adquirir un bien producido en otro país. En ambos casos se trata de intercambios voluntarios entre individuos que persiguen mejorar su situación. Las fronteras políticas no alteran la naturaleza económica del acto, solo introducen intermediarios armados que reclaman su parte. El arancel rompe este orden espontáneo, pues no surge para solucionar un problema de escasez ni de rivalidad, sino para crear artificialmente un obstáculo allí donde no lo hay. Al encarecer productos extranjeros mediante la coacción fiscal, el Estado impide que consumidores y productores elijan libremente, forzándolos a consumir opciones más caras o de peor calidad en nombre de un supuesto interés nacional.
Lejos de proteger a la sociedad en su conjunto, los aranceles redistribuyen riqueza de forma opaca. Benefician a productores concretos, bien organizados y políticamente influyentes, a costa de millones de consumidores dispersos que pagan precios más altos. ¿Con qué derecho se impide a dos personas comerciar libremente solo porque el intercambio cruza una línea dibujada en un mapa?
¿Por qué se justifican los aranceles?
El objetivo de los aranceles suele ser proteger a los productores nacionales frente a la competencia exterior. Desde el punto de vista del discurso nacionalista y proteccionista, si los productos extranjeros compiten con los nacionales y son más baratos o de mejor calidad, entonces el Estado debe intervenir para equilibrar la balanza. Al subir el precio de lo importado, el consumidor se ve empujado a comprar lo producido dentro del país. Así, se dice, se protege el empleo nacional, se fortalece la industria propia y se reduce la dependencia del exterior. El problema es que esta historia es que normalmente quien lo defiende desconoce quién paga realmente el coste de esa supuesta defensa del interés nacional. Un producto que es realmente bueno no necesita ser protegido por nada ni nadie, el mercado simplemente lo valorará tal y como es.
Por qué los aranceles empobrecen a la sociedad
Una de las primeras grandes conclusiones a las que llegó la economía como disciplina fue que el comercio libre no es un juego de suma cero. Intercambiar no empobrece a una sociedad, la enriquece. La prosperidad surge cuando cada individuo y cada empresa pueden especializarse en aquello que hacen mejor y acceder libremente a lo que otros producen con mayor eficiencia. Los aranceles, al encarecer artificialmente los bienes extranjeros, obligan a consumidores y empresas a comprar productos más caros o de peor calidad simplemente porque están protegidos por una frontera. No se trata de que los productores nacionales se vuelvan más competitivos, sino de que se les concede una ventaja política que los blinda frente a la competencia.
Esto provoca menor presión para innovar, menos incentivos a mejorar procesos, precios más altos y peor asignación de recursos. Capital y trabajo se desvían hacia sectores que sobreviven gracias al favor del Estado y no gracias a su capacidad real para satisfacer necesidades ajenas. Lejos de crear riqueza, el proteccionismo la redistribuye de forma regresiva, desde el conjunto de la sociedad hacia grupos concretos bien organizados.
Además, el coste no se limita al consumo, pues los aranceles también encarecen bienes intermedios y de capital, es decir, los insumos que utilizan las propias empresas nacionales para producir (los productores nacionales que utilicen productos extranjeros para producir sus bienes de consumo se verán igualmente afectados). Esto reduce la productividad general de la economía y termina afectando al empleo y a los salarios reales.
Efectos de los aranceles
Según el estudio Macroeconomic Consequences of Tariffs, las economías que adoptan políticas proteccionistas no crecen más, crecen menos. Producen peor, innovan menos y generan menos oportunidades. El arancel no crea riqueza, la destruye silenciosamente, dispersando el coste entre millones de consumidores para concentrar el beneficio en unos pocos sectores protegidos.
Supongamos que, en Suiza, un agricultor se empeña en empezar a producir naranjas, a sabiendas de que se encuentra en un clima que no favorece su cultivo. El gobierno suizo, en pro de defender a su productor, impone aranceles gravosísimos a España, antiguo exportador de naranjas a Suiza. Los primeros perjudicados son los consumidores suizos, que se ven obligados a comer peores naranjas suizas, o mejores naranjas españolas a un precio desorbitado. En segundo lugar, los productores españoles, que verán reducido el número de naranjas exportadas a Suiza, pues el aumento de precio hará que disminuya la demanda de sus naranjas (algunos consumidores suizos priorizarán las naranjas de peor calidad suizas por el menor precio). En último lugar, también la misma producción agregada suiza se ve perjudicada, ya que están destinando recursos escasos (como el tiempo de trabajo del agricultor de naranjas suizo) a producir un bien que no es demandado en el mercado (pues el mercado realmente valora mejor naranjas españolas), pudiendo dedicar esos recursos a fabricar bienes en los que sí son realmente competitivos y especialistas.
Si se eliminan las barreras arancelarias, los consumidores suizos consumirán las naranjas españolas, es decir, un producto de mejor calidad y a un precio más accesible que las naranjas suizas. Los productores españoles recuperarán la capacidad exportadora previa a los aranceles. Y por último, los productores suizos destinarán los recursos a producir bienes competitivos como relojes, chocolate o mejoras en el sector financiero. El proteccionismo no es una política a favor del país. Es una política a favor de determinados productores nacionales a costa del resto de ciudadanos. Y eso, por mucho que se envuelva en banderas, no es defensa del interés general, sino una forma más de privilegio político.
Déficit comercial
Uno de los argumentos más repetidos por los defensores de los aranceles es la supuesta necesidad de corregir el déficit comercial con todos los países con los que se intercambia. Conviene distinguir entre déficit comercial agregado y déficit comercial bilateral. El déficit agregado es si, en todo su conjunto, el país importa más de lo que exporta o viceversa. El déficit bilateral es si el país importa más de lo que exporta con cada uno de los países con los que comercia individualmente.
Déficit comercial bilateral
La obsesión por eliminar los déficits comerciales bilaterales, como han defendido algunos líderes políticos en los últimos años, es especialmente dañina. Pretender que con cada país con el que se comercia deba existir un equilibrio exacto entre lo que se compra y lo que se vende equivale a negar la lógica misma del comercio. Un país no produce todo lo que consume, ni consume todo lo que produce. Precisamente comercia porque existe diversidad productiva. Puede ocurrir perfectamente que un país necesite materias primas de otro que, a su vez, no tenga ningún interés en los bienes que el primero produce. El resultado será un déficit bilateral con ese socio concreto.
¿Significa eso que el intercambio es perjudicial? En absoluto. Para comenzar porque no tiene nada malo exportar más de lo importado. Imaginemos que una persona va a cortarse el pelo todos los meses a la misma peluquería. A lo largo del año, paga 150€ por ese servicio. El peluquero, en cambio, no le compra absolutamente nada. El resultado es un déficit comercial bilateral entre esa persona y su peluquero. Esto no tiene nada de malo, es un intercambio voluntario entre dos partes que salen beneficiadas.
Además, ese déficit puede compensarse mediante superávits con terceros países. El comercio internacional no es una sucesión de relaciones cerradas y simétricas, sino una red compleja de intercambios indirectos donde el equilibrio no tiene por qué darse pareja por pareja. Exigir equilibrio bilateral es empobrecedor porque reduce drásticamente las posibilidades de intercambio. Si solo pudiéramos comerciar con quienes quieren exactamente lo que ofrecemos, volveríamos a un esquema cercano al trueque entre países. Y el trueque, tanto a nivel individual como colectivo, es una forma extremadamente ineficiente de organizar la producción, pues debe existir la doble coincidencia de necesidades entre los actores. Este requisito limita enormemente la especialización, porque obliga a producir muchas cosas por cuenta propia en lugar de concentrarse en aquello que uno hace mejor.
Déficit comercial agregado
Más allá del disparate que supone exigir equilibrio comercial con cada país por separado, existe un segundo nivel de discusión que puede parecer más lógico. El déficit comercial agregado, es decir, que un país en su conjunto importe más de lo que exporta al resto del mundo. Cuando se dice que un país tiene déficit comercial agregado, no significa que exista un sujeto colectivo llamado “el país” que se esté endeudando frente al exterior. Lo que reflejan las estadísticas agregadas es la suma de millones de decisiones privadas, de modo que algunos agentes importan más de lo que exportan (se financian), otros venden más de lo que compran (reciben inversión exterior). El déficit agregado es, por tanto, una identidad contable que describe flujos.
Por tanto, si un país mantiene un déficit comercial agregado, lo que está ocurriendo no es que esté “perdiendo” frente al resto del mundo, porque de nuevo, el comercio no es un juego de suma cero. Simplemente el resto del mundo está financiando a ese país. Dicho de otro modo, le permite gastar más de lo que produce a cambio de activos financieros, deuda o participación en su capital.
A nivel individual sucede exactamente lo mismo. Una persona puede gastar más de lo que ingresa de dos formas. O bien se financia utilizando ahorro previo, o bien se financia endeudándose. En ambos casos está consumiendo hoy recursos que no ha generado hoy. Y eso solo es posible porque alguien más está dispuesto a posponer su consumo y financiarle, de nuevo, el sistema se basa en acuerdos voluntarios. Que un país se endeude no es necesariamente algo negativo. Las empresas se endeudan constantemente para invertir, ampliar su capacidad productiva, mejorar tecnología y aumentar su productividad. Si esas inversiones generan valor, la deuda se paga y el patrimonio neto aumenta. El endeudamiento, bien empleado, es una herramienta de crecimiento. De hecho, incluso si las empresas privadas emplean mal ese endeudamiento y se equivocan, tendrán que asumir pérdidas y liberar recursos hacia usos más valiosos. Aunque algunas empresas lo pasen mal o quiebren, es un proceso de descubrimiento empresarial que no tiene nada malo.
Ahora bien, que el déficit comercial agregado puede convertirse en un problema si el endeudamiento inducido o canalizado por el Estado se utiliza mal. Si un país se endeuda para sostener gasto improductivo, déficits públicos crónicos o estructuras ineficientes, entonces el endeudamiento se convierte en una carga.
Sin embargo, incluso aceptando ese problema (meramente estatal), la solución no tiene nada que ver con los aranceles. Si el déficit comercial es X por ciento del PIB y el déficit público es X+2 por ciento, una reducción sustancial del déficit público (2 puntos porcentuales) tendría un impacto directo sobre el déficit exterior. Si el Estado reduce su gasto y su necesidad de financiación, disminuye también la necesidad de atraer ahorro del exterior. Es decir, si un gobierno considera un problema en déficit comercial agregado porque cree que está invirtiendo improductivamente, el ajuste puede hacerse desde el gasto público, que es el lado que realmente controla el gobierno; no mediante impuestos al comercio que encarecen la vida a consumidores y empresas y que, además, no eliminan el déficit comercial.
¿Qué hacer si te ponen aranceles?
Ante la imposición de aranceles por parte de otro país, algunos dirigentes proponen responder con la misma moneda. Aunque pueda entenderse la lógica estratégica o geopolítica de este enfoque, desde el punto de vista económico es un error. Un arancel es, ante todo, un impuesto que recae sobre la población del país que lo impone. Es cierto que también perjudica a las empresas extranjeras, porque al empobrecer a los consumidores locales se reducen sus compras. Pero el primer y principal perjudicado es siempre el consumidor doméstico. Por eso, no tiene sentido gravar a los ciudadanos con nuevos impuestos para “castigar” a empresas extranjeras como respuesta a decisiones tomadas por otros gobiernos. Que un país decida empobrecer a su propia población no justifica que otros hagan lo mismo con la suya. Imponer aranceles como represalia solo traslada el coste a las familias nacionales.
Más allá de la teoría, los efectos de los aranceles han sido medidos empíricamente. El estudio anteriormente mencionado analiza la experiencia de más de un centenar de países durante varias décadas para estimar las consecuencias macroeconómicas del proteccionismo. Un aumento de los aranceles de 3,6 puntos porcentuales provoca, al cabo de cinco años, una caída de la productividad cercana al 0,9%. Menos competencia exterior implica más ineficiencias internas, mayor concentración empresarial y menor presión para innovar. Al ser la productividad el principal motor del crecimiento, el PIB también se resiente, con una reducción aproximada del 0,4% en ese mismo periodo. El menor crecimiento se traduce en más desempleo, con un aumento de unas dos décimas en la tasa de paro, y en un deterioro de la distribución de la renta, reflejado en un incremento del índice de Gini de alrededor de 0,15 puntos.
Los países no se desarrollan aislándose del comercio global. Apartarse de la globalización debilita la capacidad de crecimiento y reduce el bienestar general. Los consumidores pierden al verse obligados a comprar productos más caros o de peor calidad, y las empresas pierden al verse forzadas a utilizar insumos menos eficientes, lo que mina su competitividad.
¿Protegen los aranceles al sector español?
El sector agroalimentario y pesquero español es netamente exportador. De hecho, es el sector con mayor superávit comercial de toda la economía española. España exporta al extranjero más de lo que importa de Marruecos en productos agrarios. Que existan importaciones no elimina nuestra capacidad de vender fuera ni nuestra posición como industria exportadora. Por tanto, afirmar que el campo español está siendo “arruinado” por las importaciones marroquíes es profundamente falso.
Además, el argumento de que sin aranceles los españoles dejarán de comprar productos nacionales para consumir productos marroquíes no se sostiene. En primer lugar, porque cada consumidor es libre de elegir qué compra. No existe ningún derecho a vender si otro ofrece un producto que el consumidor prefiere. En segundo lugar, porque la presencia de productos marroquíes no encarece los productos españoles. Si acaso, introduce competencia, lo que puede empujar a bajar precios o mejorar calidad. Asumiendo que los productos marroquíes son de peor calidad, pero más baratos, la entrada de estos productos da opciones de compra para las personas de menor renta, que quizás antes no podían permitirse comprar fruta porque la española era demasiado cara para ellos. ¿Cuál es el problema de que alguien con baja renta pueda acceder a comprar fruta?
Cuando la queja se centra en que los productores españoles soportan una carga regulatoria muy superior a la de sus competidores extracomunitarios, el problema no es el comercio, sino la burocracia. No hay que cerrar fronteras, sino eliminar requisitos innecesarios. Si esas exigencias son malas, deben suprimirse. Y si se considera que aportan seguridad al consumidor, entonces deberían liberalizarse y dejar que sean las propias empresas las que decidan cumplirlas o no, permitiendo que terceros certifiquen esa calidad mediante sistemas privados de verificación, como ocurre en otros sectores.




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