El espejismo del crecimiento español
- Joaõ Francisco Fernandes
- hace 4 días
- 3 Min. de lectura

España crece. Crece por encima de la media europea, repiten unos con entusiasmo y otros con resignación, como si ese dato bastara para cerrar cualquier discusión seria sobre el estado real de su economía. Pero crecer no es lo mismo que estar bien. De hecho, una economía puede crecer y seguir profundamente mal organizada.
Puede expandirse y, al mismo tiempo, bloquear oportunidades, cronificar desequilibrios y condenar a buena parte de su población a una precariedad más o menos disimulada. Y eso es, precisamente, lo que ocurre en España. Reducir el debate económico a que “España crece” no es realismo, sino propaganda
simplificada. El PIB puede aumentar mientras la estructura productiva sigue siendo débil, puede haber crecimiento sin solidez, actividad sin dinamismo real y empleo sin seguridad. En ese contexto, asumir que crecer es suficiente no es una conclusión, es una forma de evitar el problema.
Un problema estructural
El límite más visible, el dato más incómodo, sigue ahí desde hace demasiado tiempo: el desempleo. No ya como fenómeno puntual, ni como simple consecuencia de una crisis concreta, sino como rasgo estructural de la economía española. Especialmente grave es el caso de los jóvenes, condenados demasiadas veces a entrar tarde, mal o nunca en el mercado laboral.
A esto se suma un mercado de trabajo partido en dos. Por un lado, una minoría relativamente protegida; por otro, una masa de trabajadores atrapados en la temporalidad y la incertidumbre. No estamos ante una anomalía pasajera, sino ante una dualidad institucionalizada, donde despedir a unos resulta extremadamente costoso y despedir a otros es trivial. Contratar da miedo y estabilizar más todavía, y ese equilibrio perverso termina afectando directamente a la productividad, al tamaño de las empresas y a la calidad del empleo.
Una economía que no termina de funcionar
Porque una economía no se sanea solo porque crezca, sino cuando funciona de forma coherente. Cuando contratar no es una apuesta temeraria, cuando trabajar no consiste en encadenar inestabilidad y cuando emprender no equivale a atravesar una jungla regulatoria diseñada para desgastar antes de empezar. España falla en demasiados de esos frentes como para conformarse con el consuelo estadístico del crecimiento.
Es cierto que ha habido avances desde la crisis de 2008 y que algunas reformas corrigieron desequilibrios evidentes, pero los problemas de fondo siguen ahí: baja productividad, alta rotación laboral, estructura empresarial frágil y dificultad para generar empleo estable. Celebrar el dato y olvidar la base no es optimismo, es autoengaño.
Reformas pendientes
España necesita reformas reales, no más relato. Necesita simplificar su mercado laboral, reducir la dualidad y establecer reglas claras y predecibles que reduzcan tanto el miedo a contratar como el incentivo a precarizar. Si contratar es caro, se contrata menos; si mantener empleo es arriesgado, se temporaliza; y si todo es incierto, la inversión se retrae.
También es necesario aliviar la carga sobre el trabajo, especialmente en las primeras etapas de contratación, y simplificar una normativa que hoy actúa más como freno que como garantía. Un entorno donde cada decisión empresarial está rodeada de incertidumbre jurídica no protege mejor a los trabajadores, simplemente reduce las oportunidades disponibles.
Pero nada de esto funcionará sin instituciones que acompañen. Sin seguridad jurídica, sin una justicia ágil y sin reglas estables, no hay confianza. Y sin confianza, no hay inversión sostenida.
EL error fiscal
Existe además una idea cada vez más extendida: que la sostenibilidad fiscal se logra aumentando la presión sobre la economía productiva. Sin embargo, en un contexto de baja productividad, esta estrategia puede ofrecer resultados a corto plazo, pero tiende a debilitar el crecimiento a medio y largo plazo.
La deuda no se reduce de forma sostenible exprimiendo más a quienes producen, sino generando más actividad, más inversión y más crecimiento real. Ajustar sin crecer no resuelve el problema, simplemente lo pospone, y cargar de forma excesiva al sector privado termina erosionando la base sobre la que se sostienen las propias cuentas públicas.
Una advertencia cercana
Portugal ofrece menos un modelo que una advertencia. También allí se ha normalizado la idea de que basta con resistir, atraer inversión y apoyarse en el contexto externo. El resultado es conocido: baja productividad, escasa ambición reformista, elevado peso del Estado y una economía que avanza más por inercia que por dinamismo propio.
España aún está a tiempo de evitar ese camino, pero para hacerlo necesita abandonar la complacencia y afrontar sus problemas estructurales sin refugiarse en los datos coyunturales.
Conclusión
España tiene capacidad para ser una de las grandes economías de Europa, pero no lo será mientras confunda crecimiento con solidez y expansión con buen funcionamiento. El problema no es la falta de información, sino la tendencia a ignorar aquello que incomoda.
En ese sentido, repetir que España crece puede ser cierto, pero también puede ser una forma de no querer ver que crecer, por sí solo, no basta.




Comentarios