El Campo de Gibraltar: una comarca olvidada en el corazón del Estrecho
- Esteban Ruzafa Pozo
- 11 ago
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El Campo de Gibraltar es una de las comarcas más singulares del sur de la península ibérica. Situada en un enclave estratégico entre Europa y África, ha sido testigo del paso de grandes civilizaciones: desde los fenicios, con asentamientos como el del Cerro del Prado (San Roque) o la Cueva de Gorham (Gibraltar); hasta los romanos, con ciudades como Iulia Traducta (Algeciras), Carteia (San Roque) o Baelo Claudia (Bolonia, Tarifa). También visigodos y musulmanes dejaron su huella antes de que, tras siglos de conflicto, la zona pasara definitivamente a la Corona de Castilla. Sin embargo, la aparente estabilidad se vio truncada en 1704 con la toma de Gibraltar durante la Guerra de Sucesión, formalizada en 1713 con el Tratado de Utrecht, que entregó la plaza a dominio británico.
Históricamente, esta tierra ha sido codiciada por su valor geoestratégico. Pero esa posición privilegiada, lejos de traducirse en bienestar para sus habitantes, ha supuesto muchas veces un lastre. Ya en la Edad Media, se aplicaron medidas singulares para impulsar el desarrollo de la zona. El rey Alfonso XI, por ejemplo, ofreció beneficios fiscales y excepciones a quienes poblaran Algeciras tras la reconquista. Desde entonces, a los algecireños se les conoce como “los especiales”.
En el siglo XX, el régimen franquista intentó compensar los efectos del cierre de la Verja en 1965 con un Plan de Desarrollo que trajo consigo infraestructuras industriales como la refinería de Cepsa o la planta de acero de Acerinox. Incluso se llegó a proponer la creación de una novena provincia andaluza, que englobaría 28 municipios de Cádiz y Málaga. El proyecto, que contaba con el respaldo de ministros como Fraga o Castiella, quedó finalmente aparcado por la oposición de las diputaciones provinciales.
En tiempos más recientes, la idea de una provincia propia ha resurgido, esta vez limitada al ámbito comarcal. Patricio González, exalcalde andalucista de Algeciras, fue uno de los principales impulsores de esta propuesta. También han tomado fuerza otras fórmulas para dar respuesta a las particularidades del Campo de Gibraltar, como la creación de una zona de especial singularidad —propuesta respaldada por numerosos alcaldes— o la aspiración de La Línea de convertirse en ciudad autónoma tras la negativa del Gobierno a declararla zona económica especial (ZEE).
A día de hoy, con las secuelas del Brexit aún por definirse, España se encuentra negociando un acuerdo con Reino Unido y Gibraltar que puede marcar el futuro de la comarca. Sin embargo, la ciudadanía del Campo de Gibraltar permanece ajena al contenido de ese pacto. Mientras tanto, los indicadores socioeconómicos continúan dejando a la comarca en los últimos puestos del país: una tasa de paro juvenil superior al 35%, amplias bolsas de exclusión social y una pérdida progresiva del tejido económico tradicional.
Esta situación no puede entenderse sin tener en cuenta otros elementos de peso. Por un lado, Gibraltar sigue condicionando la vida de más de 11.000 trabajadores campogibraltareños, que dependen del Peñón como si fueran rehenes de una política exterior que los ignora. Por otro, Marruecos, a apenas 13 kilómetros al sur, ejerce presión constante mediante los flujos migratorios y la permisividad con el narcotráfico, que ha generado un estado de inseguridad y alarma social. Todo ello erosiona el tejido social, con barrios que pierden su identidad y vecinos que ya no reconocen sus calles.
Mientras tanto, el Estado sigue ausente: seguimos sin un tren digno que conecte a los más de 275.000 habitantes con el resto del país y con el primer puerto de España; se ha desmantelado la seguridad en el Estrecho; se nos excluye de decisiones clave como el acuerdo con Gibraltar. Incluso se ha perdido el nombre tradicional del Estrecho de Tarifa, que ha pasado a llamarse, sin razón aparente, Estrecho de Gibraltar tras el Tratado de Utrecht.
El Campo de Gibraltar no pide privilegios. Pide libertad. Libertad para prosperar, para hacer valer su voz en las decisiones que le afectan. Porque frente al abandono del centralismo, solo una ciudadanía libre, activa y comprometida con su tierra puede cambiar su destino.
En definitiva, esta es una comarca con alma propia, con historia, con potencial, pero también con una herida abierta. Pide ser escuchada, pide soluciones reales, y sobre todo, pide respeto. Porque, a pesar de todo, el Campo de Gibraltar siempre tendrá una sonrisa para el resto de España. Una sonrisa que no debe convertirse en resignación.